La antigua capital imperial, Otosan Uchi, yace en ruinas tras la catástrofe. Las legendarias Murallas Mágicas del Este y del Oeste, que durante siglos protegieron la Ciudad Interior, han sido completamente destruidas. Los espíritus que habitaban en ellas —vigilantes eternos y guardianes arcanos del linaje Hantei— han sido liberados o desterrados, y su ausencia se siente como un vacío espiritual en el corazón de la ciudad.
El Palacio Imperial fue el primer punto de impacto del desastre, aparentemente entre el quinto y el sexto piso de su majestuosa estructura. Las poderosas barreras de la Ciudad Prohibida, aunque resistieron por un breve instante, no lograron contener la fuerza del golpe. Parte de sus jardines internos fueron extrañamente preservados, transformados en cristal por la energía liberada en el momento de la destrucción: un bello y macabro testimonio del poder que se desató.
El Palacio y la Ciudad Prohibida quedaron completamente arrasados, aunque curiosamente resultaron menos afectados por los incendios que consumieron el resto de la capital.
Entre las pérdidas más notables se cuentan el Templo a los Kami, uno de los lugares más sagrados y espiritualmente activos del Imperio; el Museo Imperial de Antigüedades, que albergaba invaluables reliquias de la historia de Rokugan; los Terrenos Comerciales Yasuki, otrora uno de los mercados más bulliciosos y prósperos del Imperio; y la Embajada del Clan Cangrejo, símbolo de la cooperación entre el trono y los defensores del Muro Kaiu.
Las pérdidas materiales y espirituales han golpeado especialmente a los clanes Fénix y Cangrejo, profundamente vinculados con muchos de estos lugares.
En la actualidad, se han levantado campamentos de emergencia en los alrededores de la ciudad, donde se alojan los destacamentos de los distintos clanes que aún mantienen presencia en Otosan Uchi. Entre ellos se encuentra también el Consejo de Regencia, que intenta restablecer el orden y coordinar los esfuerzos de reconstrucción en medio del caos.