Su familia se estableció en Luminaria hace muchas generaciones, y mediante astucia negociadora y la dedicación absoluta al poderoso Don Dinero hicieron de los Al-Rhandari un símbolo de seguridad en los negocios. Avrae Al-Rhandari, hijo de Yrassi Al-Rhandari y Ohrum Al-Rhandari-Lo, nieto mayor del patriarca Al-Rhandari, tenía sobre sus hombros la carga de heredar en un futuro lejano el imperio comercial de la familia, que se sostenía impertérrito frente a la Mácula. Desde que era una criatura, Avrae trató de estar a la altura de las expectativas de su abuelo, que con el paso del tiempo estaba más y más complacido con aquél infante que parecía ser un auténtico Al-Rhandari hasta la médula. Ladino, inteligente y con un carisma innato, Avrae trataba de hacer frente a la cuarta de sus mayores virtudes, la curiosidad, consecuencia lógica de sus otras tres. Su dedicación a cultivar su intelecto, sus habilidades sociales y su destreza para la defensa personal eran cada vez más aplaudidas por su familia, prácticamente investido como heredero desde el principio. Sin embargo, el último año que pasó en la hacienda de los Al-Rhandari fue todo un torrente de emociones (potenciado por la adolescencia) que hizo que todo su futuro se viera trastocado irremediablemente.
Se enamoró de Urnila, una comerciante que dependía de su familia, siendo Avrae ni siquiera mayor de edad y teniendo ella dos gemelos de su edad a su cargo, Barei y Lakú. Durante su romance, Avrae desarrolló sentimientos por ambos gemelos, manteniendo una auténtica telaraña de mentiras: hacia su padre, por alterar sus negocios para favorecer a sus mecenados; hacia su familia, por ocultar que estaba viéndose con su amada veinte años mayor que él; hacia su amada, para mantener en secreto su romance con sus hijos... Hasta que de pronto, el ardor adolescente de Avrae y su búsqueda de lo nuevo le hizo embarcarse en una expedición comercial hacia una de las ciudades de la periferia, con la familia de Urnila. Una vez en la ciudad, se encontraron con la Mácula, que se había abierto paso hacia las inmediaciones, encontrando un yermo repleto de horrores al otro lado de la muralla de la ciudad. Y, por si fuera poco, el destino tenía planes mucho más aciagos para el vástago Al-Rhandari. Su madre había descubierto todas sus maquinaciones. Un simple error dos meses atrás, una pluma entintada y sin limpiar en el despacho de su padre, había puesto en marcha la maquinaria de defensa de la familia. Yrassi sabía su romance con la comerciante y con sus hijos, cosa que hubiera pasado por alto como un capricho adolescente si no fuera por el detalle de haber jugueteado con las cuentas familiares.
Durante la noche, cuatro asesinos se infiltraron en la ciudad, y una vez dentro de la posada, con el mismo sigilo en el que había sido instruido Avrae, mataron a Urnila y a Barei. Lakú, al encontrar los cadáveres, arrancó en un ataque de histeria irrefrenable, pero Avrae simplemente se quedó de pie, escuchando el retumbar de su corazón en sus oídos y viendo a uno de sus consortes abrazar los cadáveres de su madre y su hermano. Se giró buscando a los asaltantes y, de nuevo, para su desgracia, los encontró. Alcanzó a abrir la boca, pero no a gritar antes de que un tajo de alfanje cruzara desde su cara hasta su pecho y algo se incrustase en la garganta del otro muchacho, haciendo que emitiera un gorgoteo ahogado y espantoso. Tambaleándose, solo alcanzó a dar tres pasos hacia la familia antes de caer sobre ellos, abrazando los cadáveres y reconociendo su derrota frente a la familia a la que había traicionado.
Sus heridas no eran mortales, pero sabía que debían serlo. Y, por suerte, la muralla cedió esa misma noche. Con una grave herida en el rostro y el pecho, fue evacuado de la ciudad alejándose de la Mácula. Dos semanas después, seguía sin mediar palabra con nadie que le preguntara, siendo tratado como un afectado por la Mácula más, víctima de un brote violento en la ciudad. Cuando consiguió ponerse en pie y mirarse a un espejo, una oleada abrumadora de horror le golpeó. Imágenes de la familia muriendo, el brillo nefasto del alfanje y el sonido de éste trazando un arco hacia él, imágenes de los momentos felices y despreocupados con sus amantes, el pensamiento de la inexorable maquinaria Al-Rhandari dándole caza. ¿Le habrían dado por muerto? La incertidumbre era mucho peor, no saber si tendría que vivir mirando por encima de su hombro toda su vida o podía simplemente pasar inadvertido.
Seis años después, sabe que si pasaron tres meses desde que le atacaron y no volvió a tener un asesino bajo su ventana otra vez, con toda certeza sus parientes le han dado por muerto. Forjó una nueva identidad, una nueva vida, y absolutamente ningún remordimiento. La lección de los Al-Rhandari caló hondo en Avri, haciendo de la joven promesa del comercio un irremediable gamberro incapaz de tomar en serio ningún tipo de autoridad. Aunque su madre quiso enseñarle que jugar con fuego hace que te acabes quemando, Avri aprendió, grabándoselo a fuego, que nadie iba a obligarle nunca más a vivir bajo reglas de ningún tipo. Su vida era suya, su destino era propio y ahora que no tenía que heredar un imperio su mundo era más grande que nunca.