Mucho antes de lucir una corona, Bardo era conocido por su gente como un hombre adusto pero digno; severo, pero justo, tanto de palabra como de obra. Ni la corona ni largos años en el trono cambiarán dichos aspectos de su carácter. Se le ve en general como un buen rey, que no se deja desviar fácilmente por políticas ociosas y que siempre está atento al bienestar de su pueblo.

El rey Bardo es ambicioso y claro en su deseo de expandir el Reino de Valle. Sin embargo, ser rey no le está siendo fácil al Matadragones. No le gustan demasiado los adornos de la nobleza y acepta muchas de las tareas más aburridas de ser monarca con el mismo estoicismo con el que se enfrentaría a un enemigo en combate. Mejorar su reino está a menudo al frente de sus pensamientos. Es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que no pertenece a los más Sabios, pero lo suficientemente agudo como para distinguir una lengua bífida cuando la oye.

Encuentros con Bardo

De voz dura y frecuentemente de aire sombrío, Bardo es un hombre orgulloso y práctico, forjado por su vida anterior como capitán. Es ampliamente conocido por ser fiel a su palabra, sea cual sea el coste personal que ello le reporte. El Arquero lee bien los corazones, y es rápido en calibrar la valía de un individuo. Al rey Bardo se le puede encontrar con mayor frecuencia en el Palacio Real, aunque de vez en cuando pasea por la Plaza del Mercado con su escolta. Cuando la corona se le hace pesada, sale de la ciudad para cazar a caballo por las tierras al oeste.

Bardo es un hombre alto e imponente, sano incluso cuando los años añaden cantidades crecientes de plata a su antiguamente negro cabello, de mirada aguda y aire taciturno. Sólo su reina, Ûna la Bella, tiene la habilidad de hacerle sonreír de forma habitual.