La ciudad conocida hoy como Minas Tirith ha sido durante miles de años un faro de esperanza para los Pueblos Libres de la Tierra Media. Sin embargo, en el ocaso de la Tercera Edad el resplandor de la Torre blanca sólo se capta a la luz más brillante de un día de verano. La Torre del Sol Poniente se ha convertido en la Torre de Guardia, el último baluarte contra Mordor. El Árbol blanco que floreció en la corte de la Ciudadela se marchitó largo tiempo atrás. Los senescales gobiernan la ciudad, ya que durante muchas generaciones de hombres no se ha sentado un rey en el trono. Estos son los años menguantes de Gondor, y el reino se alza sobre el filo de una navaja, suspendido entre la esperanza y la angustia.

Sin embargo, los señores de Minas Tirith siguen desafiando a sus enemigos, protegiendo los pasos del Gran Río desde los Argonath hasta el mar en una amarga lucha. Los guardias de la Ciudadela sólo miran al Este hacia Minas Morgul, la temida Torre de la Hechicería, levantada  en una hendidura de las montañas de la Sombra, y junto al camino que conduce hasta ella, las ruinas de la abandonada capital, Osgiliath. Los hombres de Minas Tirith saben que flaquear en su vigilancia es una invitación al desastre para todo lo que estiman.

Aun así, tan incesante vigilancia tiene un precio. Una vez, los dúnedain del Sur fueron considerados más sabios que los otros hombres, sobresaliendo en habilidad y conocimiento. Hoy, los hombres de Minas Tirith valoran la destreza y el arte de las armas por encima de todo lo demás, olvidando que en los tesoros de la ciudad se conserva mucho saber antiguo debido a una larga tradición. Pero tal es la necesidad de sus días, porque la Sombra del Este se mueve, y el poder de la Tierra Negra ya no duerme.