No hay nadie de los Pueblos Libres que no haya oído relatos sobre los grandes gusanos. Incluso los cobijados hobbits de La Comarca saben un par de cosas acerca de los dragones: enormes serpientes con terribles y afiladas garras y escamas de hierro, que respiran fuego y atesoran oro. Dicen los relatos que tienes que tener cuidado si hablas con uno, puesto que son malignos y astutos. Si bien la mayor parte de eso es cierta, no llegan ni a arañar la superficie de lo que son los dragones…

El Gran Enemigo, Morgoth, crió a los primeros grandes dragones en los fosos de su fortaleza septentrional, Thangorodrim, durante la Primera Edad. Tenían que ser desatados sobre los elfos, los enanos y los hombres para ser su perdición, en la inacabable guerra de Morgoth por el dominio sobre todos los demás. De dónde vinieron, nadie puede decirlo. Quizá Morgoth sacó a sus antepasados de bajo tierra, a gran profundidad, o de las fosas marinas.

Fuera cual fuera su origen, los grandes dragones se convirtieron en bastante más que meros monstruos; los más sabios de entre los Sabios creen que Morgoth convocó terribles espíritus de fuego del Vacío Intemporal y los ligó a la carne de los dragones. Otros afirman que imbuyó a sus gigantescas criaturas con una parte de su propia y flamígera voluntad, convirtiéndoles en receptáculos vivos de su malignidad.

Sea cual sea la verdad, desde el principio quedó claro que Morgoth quizá los había forjado demasiado bien o demasiado a su imagen y semejanza, puesto que la malignidad del primogénito, el Padre de los Dragones, era tal que estaba más allá del control del Enemigo y no siempre atendía a lo que su creador le exigía.