La Sima de las Llamas, conocida también como el Lago de Fuego, arde perpetuamente en el corazón de Phlegethos, en la vasta caldera de un supervolcán ancestral. Es una herida abierta en el plano, un cráter incandescente donde la lava misma parece gritar. Este lugar no solo es un símbolo del castigo y la destrucción, sino también de la transformación y la ambición infernal. Rodeada por torres ennegrecidas, puentes de hierro rojo y columnas de vapor sulfuroso, la Sima es uno de los lugares más temidos y venerados de los Nueve Infiernos.
A lo largo de los siglos, sobre la sima se ha erigido una superestructura infernal: una red de barras de metal negro, con esferas de acero infernal colgando de gruesas cadenas, suspendidas apenas unos metros sobre el lago ígneo. Dentro de estas jaulas arden los condenados, algunos en castigo eterno, otros en rituales de ascensión. Los Barbazus, con disciplina brutal, gestionan las tareas de construcción y vigilancia, mientras Cornugones y Belzus actúan como verdugos y maestros ceremoniales. En este horno abisal se celebran los rituales que convierten a los Gelugones en verdaderos Diablos de la Sima, una de las formas más temidas del ejército infernal. Aquellos que sobreviven al fuego sin perder su voluntad son reformados, purgados de frío y dudas, renacidos como encarnaciones del poder infernal de Phlegethos.
La Sima no es únicamente una prisión ni un campo de pruebas: es un templo. Aquí se ejecutan juicios rituales, pactos de fuego, castigos ejemplares y sacrificios infernales ante la mirada ardiente de Fierna y Belial. Las llamas mismas parecen conscientes, respondiendo al sufrimiento con lenguas más voraces, y devorando incluso el orgullo de quienes se creían inquebrantables. Para muchos diablos, ser llevado a la Sima es sinónimo de destrucción; para otros, es la antesala de una nueva forma más terrible y gloriosa. Como todo en los Nueve Infiernos, depende de cuán dispuesto estés a quemarte por ascender.