Motivación:
"En el mundo existen los monstruos: desde una rata gigante hasta un demonio. Todos ellos no conviven en armonía con los humanos; atacan cuando nos descuidamos, acechan en las sombras. Son el mal del mundo que debo erradicar.
Sin embargo, también existen humanos con los que no se puede convivir. Aquellos que, al igual que los monstruos, atacan a los débiles, incluso de maneras más complejas. Pero, ¿podemos considerar a estos humanos como monstruos?
Los monstruos son aquellos que nos aterrorizan, que son tan distintos a nosotros que es imposible hacer comunidad. ¿Un humano puede ser un monstruo? Para eso, tendría que ser distinto a los demás en el sentido que ya expliqué. Pero, ¿realmente somos tan distintos?
Si comparas a un humano y a un goblin, la diferencia es clara. La línea se desdibuja cuando recuerdas que los humanos convivimos perfectamente con otras especies: dracónidos, enanos, leshy… Pero entre los mismos humanos, ¿qué pasa? Tal vez no todos estaríamos dispuestos a dañar a otro “solo porque sí”, pero ¿y el ladrón que roba por necesidad, que en lugar de aceptar la desgracia decide arrastrar a otros con sus robos? ¿Estás seguro de que, si tuvieras la misma hambre, la misma desesperación, no harías lo mismo?
¿Y el político que no toma acción para ayudar a su pueblo, que elige la corrupción y el beneficio personal en lugar del deber? Ahora, sin poder, lo juzgamos fácil. Pero, si tú tuvieras ese poder en tus manos, ¿estarías libre de la misma tentación?
Catalogar a un humano como monstruo es subjetivo, así como la moral. Por eso no me considero alguien con la verdad absoluta. Pero algo sí sé: para liberar al mundo del mal, alguien debe tomar una decisión.
Estas preguntas rondaban mi cabeza hace diez años. Con una buena familia, siempre creí en la diferencia. Mi infancia fue feliz, y me gustaba la idea de pertenecer a los guardias de mi pueblo, así que entrenaba desde joven. Cuando crecí, también cazaba monstruos en los alrededores de la aldea. A los veintiséis, me dieron el puesto de guardia.
Después de mi primer año, hubo un caso de goblins dentro del pueblo: secuestraban mujeres y niños. Todos investigábamos, pero a mí me tocó seguir una pista. Una tarde escuché un grito, y al acercarme vi un rastro que, por suerte, pude seguir hasta una casa. No eran goblins. Era un hombre. Tenía a varios niños en su sótano. Algunos seguían con vida; la mayoría no.
La rabia me consumió. Mi deber era encarcelarlo, como dictaban las leyes. Pero lo maté.
Ese día cambió todo. Al principio, lo justifiqué: él era un monstruo. Pero después vinieron las dudas: ¿qué me hacía diferente a él si yo también decidí matar? ¿Fue justicia o venganza? ¿Cumplí mi deber o lo traicioné? No podía dormir. Las imágenes de los cuerpos y su rostro me perseguían en sueños.
Me llevaron a juicio interno. Gracias a que mi supervisor me tenía aprecio, lograron que solo me destituyeran. De no ser así, sé que ahora mismo estaría encerrado.
Supe entonces que ser guardia no era lo que quería. No podía limitarme a aplicar leyes que no siempre entienden lo que significa el mal. Pero tampoco podía huir: había aprendido que los monstruos no siempre tienen colmillos, y que a veces se esconden con el mismo rostro que nosotros.
Ese día decidí que mi vida debía tener otro rumbo. Debía ayudar a los buenos a vivir en tranquilidad. Debía liberar al mundo del mal, acabar con todos los monstruos, aún si se ven como nosotros.
Los Pathfinder me dieron esa oportunidad. Con todo lo bueno y lo malo que los rodea, me permiten cumplir mi propósito. Por eso también me uní al sello vigilante: porque aún existen males ocultos que no conozco, y alguien debe proteger, contener y destruir."