En lo profundo de un cañón volcánico que jamás conoce el silencio, se extiende Bral-Dur, un asentamiento enano construido sobre la piel palpitante de la tierra. El aire vibra con un calor constante que huele a azufre, hierro y roca fundida. De día, un resplandor anaranjado baña cada calle; de noche, la luz rojiza de las vetas de magma ilumina los muros de basalto como brasas vivientes.
El aire ardía como un soplo de fragua cuando la senda de piedra se abrió al abismo. Ante los ojos se extendía una ciudad que parecía tallada por el propio fuego: balcones de roca roja colgaban de los muros del cañón, y ríos de lava iluminaban las sombras con destellos de oro líquido. Cada golpe de martillo resonaba como un latido antiguo, un eco de la montaña que nunca dormía. Allí, donde la tierra exhalaba calor y ceniza, la vida no se medía en días, sino en chispas que saltaban al contacto del metal vivo.