En la mayor parte de su existencia, Autómata fue un constructo sin mente, corazón ni alma. Creado por un viejo elfo llamado Ezequiel (apodado “el ingeniero testarudo”), su misión principal era realizar encargos y proteger al solitario anciano. Cuando Ezequiel sintió que sus últimos días se acercaban y halló un alma dispuesta a acompañarlo, desempolvó un viejo núcleo de autómata para dar forma a su último invento. No buscaba resolver problemas complejos ni enriquecerse, sino simplemente tener compañía en sus últimos momentos. Así, Autómata cobró vida gracias a la unión de ese núcleo y el alma colaborativa, únicamente para escuchar las experiencias y arrepentimientos del moribundo.
En el mundo de los vivos, las almas al encarnar un nuevo cuerpo olvidan cualquier recuerdo de vidas pasadas; comienzan como un pizarrón en blanco. Así ocurrió con Autómata, que despertó sin memoria previa y apenas unos instantes de consciencia acumulados.
Como última encomienda, Ezequiel le pidió aprender a sentir: amor, afecto, amistad; y rodearse de personas, de amigos, de familia, recordando uno de sus mayores arrepentimientos en su vida. Tras la muerte de su creador, Autómata emprendió un viaje incierto, cargando con la ambigüedad de su misión y con solo unos pocos días de vida consciente. Al escuchar sobre los valientes Pathfinders, se acercó a ellos con la esperanza de que, junto a ellos, pudiera dar cumplimiento al último deseo de su amo.
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