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Aunque nadie sabe con seguridad su origen, este lastimoso remedo siempre ha servido al líder de los grandes trasgos, pasando de un dueño a otro durante siglos. Una máscara con una mueca ridícula cubre siempre su rostro y es obligado a desplazarse arrastrando decenas de cadenas que se han soldado a su cuerpo, entrelazadas en su costillar.