La casa de Radagast el Pardo es casi tan esquiva como su dueño: cuando el mago desea ser encontrado, la casa está aquí, dentro de un bosquecillo al final de un sendero ligeramente retorcido, fabricado con piedra blanca apisonada; pero si Radagast no está o desea intimidad, entonces no hay forma de encontrar la casa. Su interior es como si hubiera explotado un museo hobbit lleno de mathom y luego hubiera sido colonizado por criaturas del bosque. Las ardillas y los ratones de campo corretean a través de las pilas de libros y pergaminos, y hay cuervos posados en las vigas del techo, de las que también cuelgan capas, armas, y herramientas de jardinería.