Hace mucho tiempo, cuando el reino de Arnor llegó a su fin, los dúnedain del Norte decidieron no abandonar la lucha contra el Enemigo, pero se ocultaron entre las sombras y desaparecieron de los anales históricos de la mayoría de hombres y elfos. Con su número reducido, se transformaron en un pueblo secreto, vagabundos de incógnito entre murallas derruidas y torres arruinadas. Han habitado en lugares escondidos durante casi mil años, en bosques solitarios y colinas silenciosas, pero nunca han cesado en su vigilancia de las fronteras de su antiguo reino, como montaraces de las tierras salvajes. Aunque los años han ido pasando, el deber de los dúnedain siempre ha sido el mismo: mantener a salvo de miedos y preocupaciones a los pueblos de Eriador. Incansables, patrullan los muchos caminos y sendas de la región y protegen a quienes viajan por ellos. Trabajan en secreto, manteniéndose reservados mientras atraviesan las tierras salvajes, y rara vez dan su nombre a los viajeros a los que salvan o a los campesinos cuyas granjas custodian en la noche, cuando los seres malignos salen de sus oscuros escondrijos. Los montaraces del Norte no tienen mucha gloria que ganar, pues su valor nunca se recompensará con honores y sus hazañas rara vez se cantan. Las memorias de su noble herencia se conservan en Rivendel, donde su larga lucha contra la Sombra se recuerda y se registra. Desde los días de su último rey, los hijos de los capitanes de los dúnedain se han criado en la casa de Elrond, y es allí, en Imladris, donde se atesoran las herencias del reino perdido.
DESCRIPCIÓN
Los montaraces son los últimos descendientes de los dúnedain en el Norte, reyes entre los hombres que llegaron a la Tierra Media atravesando el mar desde Oesternesse. Cuando se muestran como son de verdad, son altos y señoriales, destacando entre el resto de hombres que habitan el Norte. Suelen ser silenciosos y de expresión adusta, y parecen sabios y maduros independientemente de su edad. Por lo general, visten ropa cómoda aunque deteriorada, prefiriendo botas de cuero y pesadas capas de tela verde o gris, con amplias capuchas que pueden tapar un desgastado yelmo.
NIVEL DE VIDA
Poco se sabe de las costumbres de los dúnedain del Norte, pero lo que es seguro es que los montaraces nunca visten o llevan nada que carezca de valor práctico. No aprecian sus ropajes por el brillo de las gemas o del oro, sino por su capacidad de aguantar viajes largos y luchas extenuantes. Es por ello que su cultura se considera de nivel marcial.
MONTARACES AVENTUREROS
No es habitual encontrar un aventurero montaraz, pues los hombres del Oeste rara vez renuncian a sus deberes; incluso cuando viajan bajo estrellas foráneas, casi seguro que están de misión. Pero sí que es posible cruzarse con montaraces más jóvenes que han emprendido un viaje; los dúnedain del Norte creen apropiado embarcarse en periodos de andadura, cabalgando a lugares lejanos disfrazados de mercaderes, espadas de alquiler o simples vagabundos, para así ampliar sus conocimientos sobre el mundo. Entre estos pocos, no es raro encontrar una mujer joven. Las mujeres de este pueblo son fuertes y valientes.
Ocupaciones sugeridas: erudito, guardián. Los dúnedain del Norte han elegido proteger a quienes no conocen la verdadera naturaleza del mundo, y preservar el saber y la sabiduría del Reino del Norte, un deber que ningún montaraz debe olvidar, incluso quienes viajan lejos de su tierra. Ocupación inusual: cazador de tesoros. Los montaraces del Norte valoran su herencia y protegen cada testimonio de su pasado como si fuera una reliquia preciosa. ¡Ay de aquel que se atreva a profanar una tumba o a deshonrar las piedras de una ruina arnoriana!