Es posible lograr que un esqueleto se levante insuflándole magia oscura. Estos monstruos obedecen las invocaciones de los lanzadores de conjuros que los convocan desde cementerios pedregosos y campos de batalla, o se alzan en los lugares saturados de muerte y pérdida, despertados por el estímulo de la magia nigromántica o la presencia de un mal que corrompe lo que toca.
Sea cual sea la fuerza que despierta a los esqueletos, les imbuye de una vitalidad oscura, uniendo articulación con articulación y reconstruyendo los miembros desmantelados. Esta energía los conmina a avanzar, e incluso a pensar de una manera rudimentaria, pero solo como meras imitaciones de lo que una vez fueron. Estos esqueletos no recuerdan nada de su pasado. No obstante, si se consigue resucitar a un esqueleto, recuperarán tanto su cuerpo como su alma originales, expulsando al espíritu muerto viviente que animaba los huesos.
A veces, los esqueletos independientes, temporal o permanentemente liberados del control de sus maestros, repiten comportamientos de su existencia pasada mecánicamente, ejecutando las tareas que solían realizar en vida. El esqueleto de un minero podría coger un pico y comenzar a golpear muros de piedra; el de un guardia ponerse a vigilar una puerta al azar; el de un dragón tumbarse sobre una pila de tesoros; y el de un caballo masticar hierba que jamás alcanzará ningún estómago. Si se queda solo en un salón de baile, el esqueleto de un noble podría ponerse a danzar por toda la eternidad.