El aullido del yeti suena como el viento a través de los montes remotos, donde atemoriza los corazones de los pocos mineros y pastores que habitan la zona. Estas enormes criaturas acechan en las cimas alpinas en una constante búsqueda de comida. Su blanca piel les permite moverse como fantasmas por el paraje helado y sus helados y simiescos ojos congelan a sus presas en el sitio.

Las gentes que viven en las montañas más altas viajan armadas y en grupo, ya que saben que los yetis son capaces de oler la carne fresca desde muy lejos. Cuando encuentran a su presa, los yetis se mueven a toda velocidad sobre hielo y roca para reclamar su comida, aullando por el frenesí de la caza. Incluso en una ventisca, el olor de sus víctimas les guía a través del frío y la nieve.

Los yetis cazan solos o acompañados de sus pequeñas familias. Cuando una criatura huye de uno de ellos, o lo combate, otros yetis pueden oler la sangre y acercarse. Lucharán entre ellos por la recompensa de dichas batallas, e incluso los caídos en combate también serán devorados entre aullidos de euforia.

Antes de una avalancha, ventisca o helada mortal, el aullido de los yetis barre las montañas sobre el viento helado. Algunos habitantes de los picos alpinos creen que la voz de seres queridos, muertos en avalanchas o ventiscas, suena entre los gritos de estos monstruos, aulladores mensajeros de malos augurios. Los más pragmáticos afirman que el bramido del yeti es un recordatorio de que, pese a todo, las gentes civilizadas se convierten en presa en las tierras salvajes de la naturaleza.

Cuando hay suficientes rebaños de montaña en sus dominios, los yetis no se acercan a los reinos civilizados. Si no es así, movidos por el hambre, atacan los campamentos en oleadas, derribando portones y empalizadas que en otras circunstancias les habrían intimidado, para después devorar a las criaturas que viven dentro.

Ciertos habitantes taimados de las montañas utilizan a veces a los yetis como armas involuntarias. Un señor de la guerra podría, por ejemplo, dejar caer algunas ovejas o cabras descuartizadas cerca de los campamentos de sus enemigos para atraer a los yetis, sembrando el caos y diezmando sus filas antes de la batalla. Jefes de clanes de las montañas que quieran expandir su territorio cazarán en exceso para que escasee el alimento de estos monstruos, y que así ataquen a poblados que serán conquistados con facilidad después de la masacre.