Nadie sabe con certeza quién fue en vida aquel que ahora responde con voz serena al nombre que su señor pronuncia. Lo que queda ante los ojos es una sombra vestida de dignidad perdida: un cadáver que camina con la compostura de un cortesano y la obediencia de un sirviente, aunque la corrupción de las Tierras Sombrías fluya silenciosa bajo su piel desgarrada.
Su carne pálida está tensa y reseca, como si el alma que la habita se negara a abandonarla por completo. Un ojo cuelga de su cuenca, moviéndose con un leve temblor al compás de su respiración, y aun así, cuando habla, su voz es suave, fluida, casi humana. Los más sensibles al poder espiritual sienten en él un aura de sangre, un eco oscuro que perturba el aire y apaga las oraciones.
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