En ciertos momentos de la vida de un devoto, algo dentro de su alma le llama a seguir el mismo camino de que el Sol. Así que, sin demorarse demasiado, lo prepara todo para el viaje e inicia su viaje, siempre hacia el oeste, siguiendo El Camino al Hogar, viendo como el Sol comienza siempre en el mismo sitio, y acaba allí donde le impele su corazón.
A la mayoría le basta con llegar a la Ciudad Blanca y observar cómo el Sol llena la Catedral Blanca de su luz y deja mensajes en sus paredes, hasta ver cómo desaparece, sin olvidarse de mencionar su promesa de volver al día siguiente a velar por todos ellos. Los más devotos, sin embargo, no pararán hasta llegar a Faro, a realizar el Rezo del Crepúsculo en compañía de sus iguales.