En lo profundo del bosque donde la luz apenas se atreve a entrar, se alza una figura imponente: un orco chamán, marcado por los espíritus antiguos. Su piel verde, curtida por los años y las batallas, brilla bajo el resplandor de la energía mágica que emana de su mano derecha. Viste con ropajes tribales adornados con hojas, escamas y huesos, como si la propia naturaleza lo hubiera elegido como su guardián.
Sobre su cabeza, una capucha coronada por astas y un cráneo animal lo convierte en una visión temida por los intrusos. Su cinturón, decorado con tres cráneos y colmillos, cuenta historias de enemigos caídos y pactos sellados. En su mano izquierda sostiene un bastón rematado por un cráneo en llamas, símbolo de su dominio sobre los elementos y los espíritus.
El bosque detrás de él está en silencio, como si respetara su presencia. No es solo un guerrero, es un vínculo viviente entre el mundo físico y el espiritual. Cuando camina, las hojas se agitan. Cuando habla, los animales escuchan. Y cuando lucha, la tierra misma tiembla.
la noche de los Muertos Vivientes.