El festival de la cosecha de Al-MunHatu
Esa noche… en el campamento de Al-MunHatu(el decadente).
Hatu, ya en la solemnidad del bosque, bajo aquel cielo estrellado, bajo la Gran Carreta, la Osa Madre, el Arpón y la Trucha, y sobre todo bajo el Quieto Norte (Estrella Polar), se dispuso a meditar su día y procedió a acomodar sus pertenencias en aquel desgastado campamento.
Hatu, aparentemente, es un ser que no requiere de muchas cosas. Con su bastón y sus vestimentas desprolijas —pieles curtidas y sucias— no aparenta preocuparse por los bienes materiales del mundo, pero suele estar preparado, con cosas importantes para la vida, para el día a día, para los tiempos difíciles y, sobre todo… para la muerte.
Él sabe de la naturaleza desde su origen primigenio, desde aquel momento ígneo en que la tierra se formó y su superficie carecía de vida. Conoce cómo, en aquellos mares desprovistos de vida aparente, la energía de la tierra se abrió camino en este caldo de cultivo llamado mar, y ahí, en las salidas térmicas de los mares arcaicos, propició el inicio de la vida.
Sabe muy bien que no le fue fácil a la vida existir y crecer en la naturaleza. Sabe que ésta no perdona al perezoso que no busca su alimento, no perdona al acaparador que causa putrefacción en sus alacenas, no perdona al que no se defiende a sí mismo o a los suyos y permite, con esto, que sus números mermen. No perdona ni a la propia tierra, que se desgasta en las montañas al crujir de los terremotos o con el desgaste de las lluvias; ni al río, que en su fuerza destruye los embalses y luego se seca; no perdona a la cría que sale sin cuidado de la protección de su madre, ni al macho que deja al grupo sin defensa… la Naturaleza en sí misma, no perdona.
Así que Hatu, en su campamento, tiene la cobertura necesaria para no pasar frío, los leños necesarios para calentar sus alimentos y alumbrar la taciturna noche, y la comida necesaria para asegurar una buena caza al día siguiente. Él sabe dónde conseguir agua aun en las condiciones más complicadas, pero guarda su reserva para el momento adecuado.
Procede entonces a colocar unos troncos ya cortados al interior de un círculo de piedras negras, ya quemadas y cubiertas por el hollín de noches previas, y con un chasquido de sus dedos… ¡¡clack!!… crea la flama para prender la hoguera.
De los árboles cercanos, a bajar una red tejida de hojas y ramas, la cual había estado secando durante toda la tarde la carne de aquel ciervo que cazó el día anterior. Sobre el techo de su choza se estiraban las pieles ocres y moteadas de aquel animal, secándose y ahumándose para poder curtirse y ser usadas como ropas o herramientas.
Hatu recuerda entonces todo este ajetreado día, en medio de la multitud, tratando de asimilar la forma en la que aquel pueblo celebraba sus festejos ( Festival Cultura Golarion ): entre gritos, colores y sabores… los tacos, la cerveza y las galletas; entre empujones, bailes y ladrones; entre sonrisas, llantos y negociaciones. Es entonces que Hatu toma un leve suspiro de aire y vuelve a recordar… recuerda sus festividades de cosecha: el calor del grano recién caído, los dorados cultivos de trigo; recuerda las incursiones de caza, al Gran 18 Puntas y al magnífico ganado criado durante la primavera. Recuerda solemnemente a sus deidades: al Padre de la Agricultura y a la Madre de la Caza; a la joven y risueña Vida y a la testaruda e inteligente Muerte. Recuerda a su familia, a los niños y a los viejos que dejaron sus historias en el plano actual de existencia.
Hatu, esta noche, no contaba con una gran cosecha ni con grandes hortalizas; no tenía un gran ganado para sacrificar, pero podía recordar el verdadero sentir de su pueblo, el motivo principal de las festividades de su gente… dar gracias nuevamente por un ciclo de vida nuevo, por un día más, por una nueva cría que pudo nacer y por una nueva osamenta que alimentaría las tierras y vestiría de ropa y armas a los pobladores.
Tomó entonces un trozo de la carne de ciervo, lo preparó con unas leves especias, lo calentó en su hoguera y probó bocado.
En un recipiente de barro, enterrado no muy lejos de él, sacó un fermento de bayas de la región, aún fresco por la manera en que estaba resguardado, procedió a tomar un trago… y comenzó a hacer cánticos guturales, evocando al fuego, al trueno, al río y a la montaña: UHMMM A, mmgmm Uhg… UMMMM AhhhG Huug! Golpeando su pecho rítmicamente para acoplarse y retumbar con los tonos graves.
Tomó un trago adicional de su fermento y escupió el contenido sobre su flama, incrementando con esto el tamaño y la fuerza de la misma, cambiando su color a un fuego verde esmeralda. La noche ya estaba avanzada; las sombras de los árboles danzaban al ritmo de las llamas, y el espectáculo parecía sacado del teatro durante el festival del pueblo. Solo los cánticos guturales de Hatu se escuchaban aquella noche, en armonía con el crujir de los troncos ardiendo.
Procedió entonces a tomar dos recipientes adicionales; estos no estaban enterrados, pero estaban protegidos del viento y la luz. El primer recipiente contenía la bilis y el hiel de aquel ciervo que servía de alimento aquella noche. En el otro, la sangre aún tibia del ciervo, conservada en el recipiente por las artes de Hatu, como si estuviera aun brotando del cuello, pura, vitalizada con su color carmesí.
Procedió a bañarse en la sangre de aquel animal, bailando y golpeando su pecho en alusión a los últimos latidos del espécimen, agradeciendo la vida, la muerte y la reintegración a Gaia del Ciervo.
Procedió entonces a beber de un solo trago la bilis y el hiel del ciervo, entregando a su cuerpo elementos necesarios para reponer el veneno gastado en batalla y recuperar la energía consumida al entregar su sangre para sanar a los caídos.
Acabó el recipiente y estos cayeron al suelo. Entonces, el humo de la hoguera comenzó a cambiar de color, de forma… de tiempo y de espacio. Hatu escuchaba, sentía y vivía; ¡vivía toda la vida de aquel ciervo! Todo su sentir, todo su tiempo, todo en un mismo momento. Sintió aquel frío penetrante de la primera primavera, cuando alumbró del canal de parto de su madre; sintió la agitación de su corazón, el sudor en su piel de aquella primera carrera que realizó para salvarse de aquellos lobos; la urticaria del desprendimiento de sus primeras y últimas astas; las heridas del primer combate en la temporada de celo; así como la euforia de su primer apareamiento; el hambre cruel y despiadada de aquel invierno; la ceguera causada al perder aquella batalla con un macho más joven; y por último, la cálida estocada y abrazo que Hatu le dio a aquel ciervo el día anterior de caza.
Hatu venera todo el ciclo de la vida; celebra el nacimiento y la muerte, la reintegración de los seres a su sistema.
Hatu grita cada vez que ve cómo los nuevos seres, nacidos de la corrupción, violan estas leyes y alteran el ciclo de la naturaleza. Se enfurece al saber que el ciervo no descansa al final de su día, siendo esclavo en el plano terrenal y obligado a convertirse en seres rastreros… odia a esas ratas de las alcantarillas que crean aquellas aberraciones. Y llora, llora cuando recuerda aquel payaso que convirtió en confeti sin alma a un compañero. ( Chao )
Hatu promete seguir su causa… apaga el fuego… Hatu duerme bajo el Quieto Norte por hoy.