Se dice que las Llanuras del Sol Dorado, favorecidas por la mismísima Dama Sol en la antigüedad, son posiblemente la región más hermosa y fértil de todo Rokugán. Los tallos dorados de los cereales silvestres ondean con cada brisa, los árboles salpican el paisaje y los apacibles arroyos rebosan de peces. Algunos animales salvajes son tan dóciles que se acercan a los humanos y comen directamente de sus manos. Se dice que arrojar un puñado de semillas al suelo de las Llanuras hará que todas y cada una de ellas broten sin siquiera regarlas. Los Gorrión son los encargados de proteger esta abundancia, pero no se les permite utilizarla: el Emperador proclamó hace mucho tiempo que las Llanuras del Sol Dorado estaban vedadas a los asentamientos mortales. Los samuráis pueden visitar las llanuras, siempre que obedezcan el decreto del Emperador y no molesten. Aquí no se puede recoger comida, ni sacar agua de los arroyos, ni desenvainar una espada, ni derramar sangre; toda la zona es sacrosanta, sagrada para el Sol. Se permiten pequeños fuegos como hogueras, pero toda la leña utilizada debe recogerse de ramas caídas y hojas muertas, ni una sola ramita arrancada de una rama aún viva.
Sólo un puñado de Gorrión posee el autocontrol y la fuerza de voluntad para contemplar esta abundancia y negársela a sí mismos. Estos samuráis llaman a su deber la Vigilia, un deber sagrado para con el Hijo del Cielo. Los samurái del Gorrión siguen en silencio a cualquier visitante a una distancia discreta, vigilando para asegurarse de que sólo se llevan recuerdos, nada más. Aquellos que parecen demorarse demasiado, o que corren peligro de condenar sus almas por una blasfemia accidental (como desenvainar una katana para afilarla), son abordados por guías serviciales que les escoltan y ayudan gustosamente.