Era se una vez dos hermanas que vivían en un bosque. Habían llegado allí huyendo de sus enemigos y monstruos que las atormentaban por motivos que no entendían.
La mayor era muy inteligente y sabia, pero débil de cuerpo y espíritu. Se conocía el bosque de memoria, donde conseguir agua, que bayas eran comestibles, cuales venenosas y como evitar a los depredadores y a sus enemigos.
La pequeña era fuerte y muy valerosa, pero no contaba con el ingenio de su hermana. Sin embargo, siempre que los planes de su hermana fallaban, ella estaba allí para protegerla y apoyarla.
Las dos hermanas solo se tenían la una a la otra y se querían más que a nada en el mundo. Todos los días se despertaban juntas, cazaban monstruos del bosque juntas, recogían agua juntas, comían juntas, jugaban a las casitas juntas y contaban luciérnagas juntas mientras pedían deseos, creyéndose que eran estrellas, hasta quedarse dormidas.
Un día, una de las "estrellas" se coló por su ventana. La estrella observó atentamente a las hermanas con su ojo, antes de saludarlas. La hermana pequeña estuvo a punto de morderla, pero la mayor la detuvo y le pidió a la estrella que justificase su intromisión. La estrella se presentó como una estrella de los deseos que servia a Dios. La estrella de los deseos les contó que sus hermosos deseos habían conmovido a Dios, que le había enviado para ayudarlas a hacerlos realidad. Después de que la hermana mayor le explicara a la pequeña el significado de las palabras de la estrella, ambas hermanas se emocionaron mucho y le preguntaron a la estrella como hacer sus deseos realidad. La estrella les contó que en las profundidades de su bosque había un jardín donde podían conceder todos sus deseos si sus corazones eran puros. Confiando en la pureza de sus entrañas, ambas hermanas se pusieron en marcha hacia el jardín, no sin que antes la hermana mayor le diera gracias a la estrella de parte de ambas. Satisfecha, la estrella se marcho a conceder más deseos.
Después de un largo viaje, las hermanas llegaron hasta el jardín, sin embargo este estaba rodeado por una verja. El jardín era exactamente como las hermanas se lo habían imaginado, con enormes campos verdes iluminados por cientos de estrellas, rebosantes de bebida y comida, llenos de flores y donde gracias a la verja nadie las molestaría nunca.
Las hermanas intentaron abrir la verja por todos los medios a su disposición. La pequeña intento arrancar la puerta y doblar los barrotes, pero solo consiguió tropezarse, mancharse de fango y hacerse daño en una muela. La hermana mayor intento abrir la cerradura, escalar la verja y cavar un hoyo por debajo, pero solo consiguió hacerse agujetas en los brazos y romper todas sus uñas. Las dos hermanas acabaron agotadas, sin importar sus esfuerzos la verja permanecía impasible y ambas comenzaron a temer que nunca podrían entrar en el jardín. Fue entonces cuando recibieron la ayuda de una voz que provenía de dentro del jardín. La voz les contó el secreto para entrar en el jardín y ambas la obedecieron sin cuestionarla. Las dos hermanas cortaron sus cuerpos en trozos poco a poco y comenzaron a colarlos por los huecos de los barrotes hasta que los atravesaron completamente.
Los maravillosos ríos que nutrían el jardín sanaron las heridas de las hermanas. Las dos hermanas, ahora convertidas en doce se levantaron en el otro lado de la verja y observaron el jardín a su alrededor sin poder recordar nada sobre cómo llegaron allí. Fue entonces cuando una decimotercera chica se levanto del suelo mojado y las saludo como su hermana. Para cuando las dos hermanas se dieron cuenta de su error ya era demasiado tarde.
Las estrellas no eran luciérnagas, eran cadáveres. Y la verja no era un cerco, era una cárcel.