Un visitante que entre en Erebor por vez primera por la Puerta Principal quedará asombrado por la visión de su interior. Lo que hay tras un umbral así de monumental no es una mina fría y en penumbra, sino una mansión real que se extiende a lo largo de muchos niveles, iluminada por enormes linternas, innumerables antorchas e incluso la luz del sol que llega a través de espejos. Es un reino vasto, lleno de salones y cavernas, talleres y cámaras del tesoro, cruzado por calles subterráneas, túneles, callejones y plazas, que se extienden a lo largo de muchos kilómetros por las profundidades de la Montaña.
Al principio es difícil de creer que Erebor es un bastión subterráneo, aunque la falta de cielo azul por encima y el aroma a tierra en el aire podrían a la larga resultar opresivos para quienes prefieren la visión de las montañas distantes y las praderas abiertas. Sin embargo, para un enano, incluso uno que no haya puesto el pie jamás en Erebor, la ciudad subterránea es un hogar. Los duros huesos de la Montaña Solitaria bajo los pies, el calor y el humo de los hornos, el batir de los martillos sobre innumerables yunques y el roce de las herramientas contra la roca, todo ello conspira para hacer que incluso el más itinerante de los enanos quiera echar raíces allí.
La ciudad más importante de los enanos del Pueblo de Durin en la Tercera Edad está dividida en los Salones Superiores, los Salones Inferiores, las Profundidades y los edificios que se alzan en las laderas de la Montaña.