Cuando un vampiro pierde el control sobre su sed, cuando la inmortalidad no basta y la conciencia se quiebra bajo siglos de hambre, puede acabar cayendo en una forma más antigua, más salvaje y espantosa. El brucolaco es lo que queda cuando un vampiro deja de ser un depredador elegante y se convierte en un parásito desesperado. Ya no queda refinamiento, ni astucia, ni voluntad: sólo una hambre inmortal que grita desde lo más hondo de su alma marchita.
Los brucolacos tienen la forma de enormes murciélagos deformes, con cuerpos demacrados, garras como guadañas y ojos enrojecidos de locura. Su rostro recuerda vagamente al que tuvieron en vida, pero como una sombra grotesca reflejada en una superficie rota. Algunos aún llevan jirones de ropajes antiguos o joyas corroídas que alguna vez fueron símbolos de su estatus, pero ahora no son más que reliquias oxidadas de una identidad perdida. No descansan. No conspiran. Chillan, se arañan, se desgarran, revoloteando en círculos sobre ruinas o criptas abandonadas, en busca de la única cosa que aún puede hacerles sentir algo: sangre viva.
Hay quienes aseguran que este estado es natural, que todos los vampiros acaban así si viven lo suficiente sin renovarse o sin saciar su sed. Pero también circulan rumores más oscuros. Algunos señalan a antiguos grimorios sellados con cera negra, donde se detallan rituales que “devuelven” a un vampiro a su esencia más cruda. Otros hablan de pactos realizados con diablos, especialmente en Averno y Dis, donde los señores infernales ofrecen una suerte de castigo ejemplar para aquellos que intentaron engañarlos entregando su alma y luego abrazando la muerte en vida para evitar su destino. Estos vampiros son atrapados, transformados, y dejados caer en su nueva forma como un recordatorio para los demás: lo que se les prometió, se cobrará.
Los brucolacos no cazan como los vampiros, acechando desde las sombras o seduciendo con palabras dulces. Atacan aullando, lanzándose desde lo alto como una plaga de desesperación. Clavan sus garras, desgarran piel y acero, y beben con la avidez de un abismo abierto. Son resistentes y regeneran su carne sin descanso, y sus gritos desgarradores perforan tanto el cuerpo como el alma. No hay orgullo en ellos. Ni malicia siquiera. Solo necesidad y hambre. Quienes sobreviven a su ataque a menudo recuerdan menos el dolor físico y más el pavor de mirar a una criatura que, siglos atrás, fue como ellos y que ahora solo desea vaciarles por dentro.