El papel de Jenevere consistía en vigilar los planos mortales en busca de individuos especialmente virtuosos. Se le prohibía intervenir, pero registraba sus luchas y hazañas para presentarlas como prueba cuando sus almas emigraran a su recompensa final. Tras siglos de mansa observación, solicitó una participación divina más activa en el destino de aquellos a quienes vigilaba. Se le denegó.
Esto resultó ser demasiado para ella. En contra de las restricciones de su papel, visitó los reinos mortales para interferir. Nada de desenvainar espadas llameantes, sólo palabras tranquilas, un oportuno recordatorio de moralidad en el punto más importante de la lucha moral de alguien. Con el tiempo, los Nueve Infiernos se dieron cuenta de su influencia y le tendieron una trampa.
Tras su captura, pasó por varias manos. Jenevere no es feroz y combativa, sino abierta, honesta e infinitamente misericordiosa. Perdona a los infraplanares que la atormentan, sabiendo que ésa es su naturaleza, y su perdón les quema más de lo que ellos pueden quemarla a ella. La posesión de Jenevere se convirtió en una especie de cáliz envenenado, de modo que cayó a través de su jerarquía, poseída por amos cada vez más mezquinos, hasta que fue adquirida por Vaness y Fling del Mercado Ocular.