El Plano Negativo es un reino de entropía pura, vacío devorador y extinción. No es un plano de muerte en el sentido biológico, sino de ausencia: ausencia de energía, de calor, de movimiento y de propósito. Allí, la energía negativa consume todo lo que entra en contacto con ella, despojando a las criaturas de su esencia vital hasta dejarlas como ecos vacíos o muertos vivientes animados por esa misma negación. Es una extensión infinita de oscuridad silenciosa, donde incluso el tiempo parece erosionarse.

A diferencia de otros planos, cuyo acceso depende de portales menores o rutas inestables, el Plano Negativo mantiene un vínculo principal con el Plano Material, aunque mucho más sutil y peligroso. Este portal no es visible de forma constante, ni adopta una forma física clara: la noche es su manifestación. Cuando el cielo se oscurece y la luz solar se retira, la influencia del Plano Negativo se filtra al mundo. Los astrónomos más observadores pueden llegar a vislumbrar este portal en el punto más oscuro de la bóveda celeste cuando las estrellas desaparecen por completo del firmamento como si algo las ocultara tras un velo absoluto.

A través de esta conexión, la energía negativa se introduce en el mundo de forma controlada, permitiendo la muerte natural, el reposo final y el equilibrio frente a la expansión constante de la vida. Sin este flujo, la creación se ahogaría en su propio crecimiento. Así, aunque temido y malinterpretado, el Plano Negativo cumple una función esencial, recordar que todo lo que nace debe, inevitablemente, llegar a su fin.