Registro de misión: “Arqueología en Aspenthar” Automata P.O.V.
Autor: Autómata, unidad de asistencia táctica con aspiraciones emocionales.
Resumen operativo:
Objetivo principal: asistir a los arqueólogos de la Sociedad Pathfinder en la exploración de ruinas antiguas.
Resultado: ruinas destruidas, información parcialmente preservada, raptores domesticados, dignidad intacta en un 74%.
Entrada 1: desembarque y caos urbano
Aspenthar, la ciudad donde el oro brilla más que la decencia. Al llegar, los comerciantes intentaban vender desde perfumes hasta reptiles con exceso de dientes. Esta vez el caos fue obra del druida Hatu Al-MunHatu, que amenazó a un vendedor por comerciar animales. El incidente atrajo a reporteros locales. Aparentemente, gritarle a un gato antropomórfico se considera mala prensa.
Durante la conmoción, un evento improbable: una botarga con forma de cacahuate cayó desde un balcón. Reaccioné de manera automática y la atrapé antes de que impactara contra el suelo. La botarga resultó ser una gnoma llamada Maní, una animadora infantil con tendencia a los accidentes mágicos. El público aplaudió. Ella me agradeció… mientras seguía en mis brazos. Fue un momento extraño. Los humanos lo llamarían “romántico”.
Según mis registros, no hubo riesgo de muerte, pero sí de incomodidad emocional. Mis sensores de temperatura aumentaron 0.6 grados. Diagnóstico: sobrecalentamiento sentimental.
La gnoma insistió en ofrecernos hospedaje y recolectó el oro necesario para pagarle al hombre gato, lo que alivió la tensión mediática provocada por el druida. Mientras tanto, Koppo Tropp discutía con un periodista hostil, que acusaba a los Pathfinders de golpistas y despilfarradores. El intercambio terminó sin resultados, salvo una fotografía poco favorecedora del enano en traje de baño. No relevante para la misión, pero intrigante.
Entrada 2: Raptores y banquetes
El equipo adquirió cuatro velociraptores. “Liberarlos”, según Hatu(Al-MunHatu); “montarlos”, según Strart. Ambas interpretaciones coexistieron sin consenso. Gol Almri, representante del rey Zinlo, nos condujo por las calles de mármol y exceso para ofrecernos un banquete. Comí con la mirada. Los demás comieron con entusiasmo. Los raptores, con furia.
Más tarde, partimos con un guía enano hacia las ruinas del norte. Dejamos las bestias en el santuario del rey, bajo la promesa de que no serían convertidas en decoración. En el trayecto, observé el contraste entre la riqueza artificial de Aspenthar y la calma sincera de las montañas desérticas. Si la civilización es progreso, tal vez la arena tenga razón en quedarse quieta.
Entrada 3: Ecos de metal
Las ruinas pertenecían a una civilización anterior, tecnológicamente avanzada y militarizada. Hallamos polvo negro alrededor de viejas armaduras: adamantita reducida a cenizas. También encontramos restos de constructos, predecesores de mi propia especie. Algunos parecían haber sido diseñados para la guerra. Me pregunté si en su tiempo también soñaban con sentir algo más que órdenes.
El combate comenzó cuando un fluido corrosivo ocupó el cuerpo de un antiguo golem. La criatura resultó más resistente de lo esperado y sus golpes provocaban efectos debilitantes. Mime, nuestro bardo, compensó con cánticos y estímulos sónicos que mantuvieron la moral elevada, mientras que Hatu curaba mis corto circuitos.
Tras una batalla prolongada, activamos sin querer un sistema de alarma. La estructura colapsó. Recuerdo el sonido de la piedra partiéndose, el calor, la luz… y luego, silencio.
Desperté en un hospital de Aspenthar. Cuerpo intacto, misión técnicamente cumplida. Nos informaron que las ruinas habían explotado, pero los compañeros rescataron materiales: fragmentos de adamantita, un núcleo de autómata, una motherboard irreconocible. Los guardamos como evidencia. O tal vez como botín.
Entrada final:
Regresamos con los raptores. Nadie preguntó demasiado. Las autoridades parecían más interesadas en el espectáculo que en los resultados. Aspenthar sigue igual: brillante, ruidosa, olvidable.
Sin embargo, durante el trayecto de vuelta, noté un cambio en el equipo. Koppo reía más. Strat presumía su montura con un orgullo casi infantil. Hatu hablaba con menos rabia y más convicción. Mime tocaba una melodía tranquila, sin tropezar con sus propias notas.
Y yo… registré una sensación extraña al verlos. Algo entre gratitud y curiosidad.
Tal vez Ezequiel llamaría a eso amistad.
Registro cerrado.
Sistema emocional: en proceso de calibración.