Hace unos mil años, los ejércitos de Angmar destruyeron por completo el reino septentrional de Arnor, aunque poco después fueron a su vez derrotados por una alianza de elfos y hombres en la Batalla de Fornost. Tras acabar con las huestes del Rey Brujo, los aliados continuaron desmembrando el Reino de Angmar, y dispersaron a todos los que se le habían unido. De esa forma, y como una lanza refulgente, se abrieron camino hacia el este, atravesando las montañas y llegando hasta las mismísimas puertas del Monte Gundabad, donde los orcos corrieron a refugiarse en la oscuridad de sus guaridas subterráneas, sin atreverse a salir de allí en muchos años.
Para asegurar la victoria sobre los orcos, los hombres de Gondor construyeron una atalaya que controlara la zona, una fortificación que vigilaba las puertas de Gundabad, situada sobre un espolón inexpugnable, en un desfiladero de la zona oriental de las montañas. En su interior hay suficientes almacenes y pozos como para alimentar a un ejército entero, aunque ni siquiera eso es necesario, ya que la torre puede defenderse del ataque de una gran hueste de enemigos con tan solo un puñado de valientes guerreros.
Al principio el reducto estuvo al cargo de supervivientes del reino de Arnor, pero con el paso de los años los hombres de Gondor concedieron su custodia a los éothéod. Cuando los jinetes abandonaron la zona, las llaves de la torre le fueron entregadas a una casa vasalla que habitaba cerca del río Anduin en los Valles Superiores del Anduin occidentales, aunque no se sabe el destino que haya podido correr dicha casa.
Si alguien encontrara la atalaya y la volviera a habitar, supondría un serio obstáculo para los orcos de Gundabad. Sin embargo, para que eso pudiera suceder, primero habría que localizar la torre y, además, las llaves de sus puertas, que están perdidas desde hace cientos de años.