Para un elfo, el tiempo es un río lento y ancho; para un humano, es un torrente que arrastra piedras y ramas en su frenesí. Cuando Mirlo abandonó la quietud de los bosques natales para adentrarse en las ruidosas y apestosas calles de Puerta de Balduran, no esperaba que su vida se viera arrastrada por dos de esos torrentes. Su talento mágico, aunque prometedor, fluía con la exasperante lentitud propia de su especie. Sin embargo, en la ciudad, la magia era moneda de cambio, y ella necesitaba pan.
Así fue como conoció a Ravn y a Kardinal. Un ladrón de los puertos y el hijo de unos tenderos de baratijas. Eran, en sus propias palabras, "dos matones de tres al cuarto". Ravn era callado, de puños rápidos y mala suerte crónica. Kardinal era sigiloso, observador y siempre cargaba con una espada larga que parecía quedarle grande. Cuando la contrataron para un triste robo, Mirlo lo vio como algo pasajero en un momento de necesidad. Rechazó su oferta inicial de unirse a ellos de forma permanente, pero la insistencia de Ravn, y la innegable eficacia del trío a pesar de su perpetua mala fortuna, terminó por doblegar su resistencia. Así nacieron Las Aves Frustradas.
Lo que para Mirlo fueron apenas siete años, un suspiro en su extensa esperanza de vida, fue el crisol de la juventud para sus compañeros humanos. Mientras ella, con dos siglos y medio de vida, estudiaba tomos arcanos a un ritmo meticuloso, veía cómo Kardinal y Ravn se hacían hombres y la superaban en menos de una década. No obstante, con la madurez de sus compañeros, también llegaron los silencios incómodos y las miradas ocultas.
Mirlo se convirtió en el vértice de un triángulo que ninguno de los otros dos veía. Ravn, tosco y directo, la buscaba con una intensidad torpe que ella correspondía con regaños y una exasperación que ocultaba afecto. Kardinal, siempre perceptivo, leía los gestos de su amiga y ocultaba sus propios sentimientos tras una máscara de camaradería y sarcasmo. Mirlo, atrapada en su percepción temporal élfica, creía tener décadas para descifrar lo que sentía por aquellos dos insensatos de vidas fugaces. Los amaba a ambos, de formas distintas y dolorosamente complementarias, pero se negaba a elegir, confiando en que el tiempo resolvería un problema que ella no quería enfrentar.
Pero el tiempo es cruel con los humanos. Los trabajos sucios pasaron factura. Ravn se volvió más oscuro, más violento. La sangre manchaba sus puños con demasiada frecuencia, y las advertencias de Mirlo sobre las consecuencias de su facilidad para tomar riesgos por el grupo pasaron de ser una regañina a un temor real.
Y entonces, tras el desastre del encargo Vanthampur, Ravn desapareció.
La ciudad entera pareció vaciarse para Mirlo. Lo buscó con una desesperación que sorprendió incluso a ella misma. Fue Kardinal quien, tras semanas de búsqueda infructuosa, la encontró llorando de rabia e impotencia. En ese momento de vulnerabilidad, las máscaras cayeron. Kardinal intentó consolarla, y en su dolor compartido, el joven humano comprendió la magnitud de lo que ella había perdido: Mirlo no solo lloraba a un amigo, lloraba al hombre que realmente amaba y que había dejado ir.
Ese dolor pudo haberlos unido, pero la mente de Mirlo se quebró en una dirección distinta. La culpa y la pérdida la arrojaron a los brazos de un conocimiento oscuro. Si su magia élfica era lenta, buscaría atajos. Se sumergió en grimorios prohibidos y textos de Cronurgia, buscando la manera de deshacer el pasado, de volver a ese día y detener a Ravn.
La obsesión la alejó de Kardinal y de la luz, empujándola hacia los susurros de lo prohibido. Así, su estudio la llevó a contactar con entidades que prometían dominar la vida y la muerte. Consiguió, a través de esta magia, adivinar que había sido de su compañero, el monstruo en el que se había convertido Ulvyiv y su paradero. Mirlo abandonó a Kardinal y saltó a los Nueve Infiernos, sin darse cuenta de que estaba condenando su propia alma en el proceso.