"No permitáis que una soberana de plumas dicte el fin de una luz que aún tiene voluntad para arder."
—Emperatriz Leylas Kryn, la Reina Radiante
Hubo un tiempo, antes de que la Reina Cuervo ascendiera de entre los mortales para reclamar el trono de la muerte, en el que el final de la vida no era una certeza dictada por los años. En aquellos días primordiales, los hijos de Mipsum eran seres perennes. La vejez no marchitaba sus cuerpos ni apagaba su espíritu. Un mortal podía caer por el acero en la guerra, o sucumbir ante las plagas que recorrían la tierra, pero el paso de las décadas no reclamaba su aliento. Los dioses caminaban entonces entre sus creaciones, y si uno de sus protegidos fallecía antes de tiempo, el deseo de su creador bastaba para deshacer la tragedia. Un simple gesto divino devolvía el alma errante a su carne, pues no existían barreras entre el mundo material y la voluntad de los cielos.
Sin embargo, tras la Guerra de la Ascensión, el orden de todas las cosas fue cuestionado. La Reina Cuervo convenció a las deidades de que la existencia debía poseer un propósito final, un ciclo necesario para que el universo no se estancara en una eternidad estática. Así sobrevino la Escisión Planar. Los dioses se retiraron a sus dominios y aceptaron que las almas debían descansar en los planos exteriores, viviendo una segunda vida con sus creadores antes de volver a engendrar existencia mortal en un ciclo infinito. La muerte se convirtió entonces en una realidad fría y absoluta, y por primera vez, el temor al vacío se instaló en el corazón de los cognos.
A pesar de este nuevo orden, el anhelo por los seres queridos no desapareció. Los clérigos y los más sabios conjuradores sabían que, aunque los dioses se hubieran alejado, su capacidad para devolver la vida no se había extinguido. El problema residía en cómo alcanzar esas almas a través del velo que ahora separaba los mundos. Los métodos más puros, como la resurrección verdadera o el uso del deseo arcano, quedaron reservados para los sumos sacerdotes y los archimagos de poder incalculable, pues requerían un gasto de energía mágica que pocos mortales podrían soportar sin romperse, si quiera comprender.
Fue así como nacieron los primeros rituales de resurrección, nacidos de la desesperación y la esperanza. Los eruditos comprendieron que para arrastrar un alma de vuelta al plano material no bastaba con una plegaria silenciosa. Se necesitaba la fuerza de los vínculos vivos y, sobre todo, una fuente de energía que perteneciera a los tiempos anteriores a la Escisión. Encontraron esta fuerza en las Gemas Pulsantes, fragmentos cristalizados de la Edad del Caos. Las más raras, diamantes pulsantes, imbuidos con la magia primigenia de los antiguos elementales, actúan como faros en la oscuridad de la Urdimbre.
El ritual se convirtió en un puente frágil. No es una ciencia exacta, sino una súplica compartida donde el coste es siempre la incertidumbre. Se requiere que seres queridos del caído ofrezcan su propia voluntad, sus recuerdos y sus sacrificios para convencer al alma de que abandone la paz, las cadenas o el reclamo de los planos exteriores. Cada vez que un espíritu es arrancado de su descanso, el lazo que lo une a Mipsum se desgasta, volviéndose más tenue y difícil de recuperar en el futuro.
La Reina Cuervo, desde su posición como guardiana de la puerta entre los vivos y los muertos, observa estos rituales con un silencio indescifrable. Algunos sabios sostienen que ella permite estas excepciones como un acto de justicia para aquellos cuyas historias quedaron inconclusas. Otros, más temerosos, sugieren que estos retornos son en realidad anomalías imprevistas, grietas en el diseño de su gran ciclo que los mortales han aprendido a explotar usando los restos de un mundo que ya no existe. Sea cual sea la verdad, el primer revivir enseñó a Mipsum una lección amarga: la vida puede ser recuperada, pero el precio de desafiar al destino siempre deja una marca en el alma de quien regresa.