La carrera de Anagwendol es un rastro de infraplanares asesinados. Nunca ha renunciado a luchar contra el mal, y aunque ha recibido innumerables heridas en la refriega, nunca ha perdido. Aunque se vió atrapada en los Nueve Infiernos.
Debía su cautiverio a un defecto demasiado común entre los ángeles. De todos los pecados, deben guardarse del orgullo. Saber que eres el mismísimo instrumento de lo divino y haberte abierto camino a través del temple inferior de mil combatientes infernales hace difícil aferrarse a la humildad. Este orgullo la llevó a caer en una trampa y a no poder salir de la cuarta capa, Phlegethos.
El cerebro de la trampa de Anagwendol era el archidiablo Kordichai, cuyo principal interés es un gran coto de caza de ardientes monstruos Elementales en Phlegethos. Kordichai, un viejo y astuto cazador, consiguió atraerla a su coto tras su derrota en la Cabalgada, y allí, en su corazón, permaneció prisionera dentro de un ardiente laberinto de piedra. De vez en cuando, Kordichai enviaba grupos de diablos (especialmente subordinados que le han decepcionado) a cazarla y disfruta viendo sus fracasos.
Anagwendol dejó de ser el ángel que fue. Aunque conservaba la guerrera interior de lo divino, su conexión con el entorno estaba distorsionada por una maldición infernal, de modo que creía que luchaba eternamente contra un enjambre interminable de enemigos. Todo lo que encontraba lo percibía como un diablo repugnante, sólo apto para ser abatido.
Esta guerra constante de un solo ángel contra los infernales le pasó factura poco a poco. Anagwendol cada vez vivía más para ello. La ferocidad de derramar sangre infernal se estaba convirtiendo para ella en un fin en sí mismo, en lugar de un medio desafortunado pero necesario para alcanzar la virtud.
Fue rescatada de su cautiverio, físico y mental, por los Pecados Penitentes, de entre ellos, Ahzek, la pudo enviar de vuelta con los Jinetes de Elturel, antes de volver a su hogar en los cielos, donde cumplir penitencia.